No porque quieras que te traten así, sino porque hay algo en esa forma de relacionarse que tu cerebro ya conoce, haciendo que esa persona destaque entre las demás. Al fin y al cabo, tendemos a movernos en aguas donde ya sabemos nadar. Y ojo, que sean conocidas no significa que sean las aguas en las que mejor estemos.
Esto no sucede siempre, ni significa que nuestra historia determine de quién nos vamos a enamorar. En la atracción intervienen muchísimos factores y nuestras experiencias anteriores son solo uno de ellos.
Pero quizá, cuando identifiquemos en alguien ese «no sé qué tiene, pero tiene algo», podamos hacernos otra pregunta: ¿Qué tiene esta persona, o su forma de relacionarse conmigo, que me resulta tan familiar?
Porque cuando empezamos a reconocer estos patrones, dejamos de movernos por ellos sin darnos cuenta y podemos empezar a decidir qué queremos seguir repitiendo y qué queremos hacer diferente.
También puede ocurrir justo lo contrario: que al reconocer determinadas formas de relacionarnos que nos hicieron daño, busquemos alejarnos de ellas y nos sintamos más atraídos por personas que funcionan de una manera diferente.
Y aunque aquí haya hablado principalmente de relaciones de pareja, estas dinámicas también pueden aparecer en otros vínculos: amistades, relaciones familiares o incluso en la forma en la que nos movemos dentro de grupos.

